Ni grobalizado ni glocalizado[1]: ¿la metrópolis de Fuguet o la metrópolis de Lemebel?”

 

Agustín Pastén

North Carolina State University

 

Al parecer, Malasia ha sido víctima de aquella infernal enfermedad poscolonial denominada desarrollo rápido y desigual, en la cual los gobernantes que han llegado al poder están empeñados en “enseñarles una lección” a sus antiguos amos coloniales imitando todo lo que el “malvado Occidente” ha hecho pero en términos más pomposos, chillones y vulgares.  Si ellos fabrican microchips, nosotros también lo haremos—salvo que los nuestros serán los más grandes del mundo.[2]

 

I.          Introducción:

A veces, uno tiene la impresión que el mismo desmedido orgullo que Farish Noor advierte en la vida política malasia, ha estado presente en gran parte de la historia de América Latina, a saber, el imperioso deseo no sólo de “ponerse al día” cueste lo que cueste sino de superar el modelo, ya sea Europa o los Estados Unidos.  Lo que más me llamó la atención del ácido comentario de Noor, empero, fue lo fácil que resultaría aplicarlo a Chile, la llamada “excepción” latinoamericana en relación a su desarrollo económico reciente.[3]  Me hizo pensar casi automáticamente en el año 1992, cuando Chile, con el fin de dejar claro que la dictadura de Pinochet se había acabado y, sobre todo, para probar ante el mundo que era un país moderno, no solamente transportó un iceberg desde la Antártica para exhibirlo en la Exposición Universal de Sevilla sino que, en contraste con otros países latinoamericanos en dicho evento, tenía su propio pabellón.  Como todos sabemos, a Chile se le ha llamado el “tigre asiático” de Latino América.  Donde quiera que uno vaya, de hecho, se encuentra con gente que alaba el bienestar económico del país.[4]  En su estudio Globalización, desarrollo y democracia: Chile en el contexto mundial, Manuel Castells ofrecía en 2005 un lúcido análisis de los positivos adelantos que había llevado a cabo Chile en los últimos quince años en la esfera económica, social y política.  Sin lugar a dudas, el país había progresado con creces.  Desde que Patricio Aylwin había llegado al poder en 1990, los índices de extrema pobreza en Chile habían disminuido.  En lo relativo a las múltiples violaciones a los derechos humanos que se cometieron durante la dictadura de Pinochet, tanto la Comisión Rettig como la Comisión Valech habían efectuado humildes avances y, como consecuencia de ello, un pequeño número de personas involucradas en las muertes y desapariciones de cientos de prisioneros políticos habían sido encarceladas.  Se habían construido nuevos caminos y el metro había agregado una nueva ruta.[5]  El número de extranjeros que viajaba a Chile en busca de una mejor vida seguía creciendo.  Indudablemente, la imitación del modelo parecía ser todo un éxito: una economía de mercado sin demasiados obstáculos, la privatización de los servicios públicos, la “mallification of commerce,”[6] y la expansión -- hasta antes de la crisis económica actual (2009) --, de los mall, edificios altos y supermercados gigantescos, la siempre creciente llegada de inversión extranjera, etc.  Cuando Michelle Bachelet asumió el cargo de presidente el 11 de marzo de 2006, recibió un país económicamente saludable.[7]

            Hoy, sin embargo, queda mucho por hacer.  En su apuro por acomodarse a la globalización, en su prurito por hacer “borrón y cuenta nueva,”[8] en su fuerte anhelo por ser un país desarrollado sea como sea, Chile no quiere admitir que existe un “pueblo enfermo”[9] en su medio.  Algunas revistas, tales como Revista de crítica cultural, Rocinante y The Clinic,[10] críticos tales como Nelly Richards, Tomás Moulián y Raquel Olea, y escritoras tales como Diamela Eltit y Carmen Berenguer, entre otros, han demostrado y continúan demostrando las numerosas aporias sociales que todavía afectan el país.  Ciertos estudios de las Naciones Unidas y otras organizaciones indican que la distribución del ingreso en Chile es una de las más disparejas en el mundo.[11]  Otros estudios evidencian que una gran mayoría de chilenos sufre de estrés y se encuentra entre las personas que se queda en el trabajo hasta tarde pero sin que ello implique un mayor nivel de producción.  Con bastante frecuencia, la gente tiene miedo de salir a la calle, y especialmente al centro, y aumenta el número de urbanizaciones cerradas en la ciudad.  Los reportajes investigativos siguen siendo un tanto peligrosos en Chile, en especial si éstos atañen a miembros del gobierno.  Santiago, por su parte, se inunda cada vez que hay una lluvia fuerte, haciendo difícil las actividades cotidianas y dañando particularmente los hogares de las personas más desamparadas.

            Ahora bien, el propósito de este artículo no consiste en comprobar de qué manera se ajusta la evaluación crítica de Noor relativa al “desarrollo rápido y desigual” frenético de Malasia a Chile y demás países latinoamericanos que están experimentando el mismo tipo de “no ser menos que los demás” a cualquier precio.  Más bien, me interesa examinar cómo la globalización afecta la representación narrativa y, en particular, verificar si acaso los escritores adoptan o rechazan las fuerzas globales y cómo lo hacen.   Específicamente, este estudio examina tanto la disolución como el rescate de la identidad, por así decirlo, en el contexto de las capitales latinoamericanas contemporáneas, enfocándose en algunos discursos literarios y teóricos producidos recientemente en el continente.  Lógicamente no resulta posible aquí ofrecer una perspectiva completa de la representación literaria de la metrópolis latinoamericana.  La incesante publicación de novelas, cuentos, crónicas urbanas y otros textos publicados por editoriales multinacionales, hace que ello sea imposible.  Empiezo con una breve discusión de las ideas de Néstor García Canclini, Beatriz Sarlo y Renato Ortiz relacionadas a la identidad y la globalización, y luego analizo las obras de Alberto Fuguet (1964) y Pedro Lemebel (1955).  Antes del análisis per se, sin embargo, proveo algunos apuntes breves sobre la ciudad latinoamericana en general y Santiago en particular.

II.        En busca de conceptos teóricos para acercarse a la globalización:

            Como marco teórico, utilizo dos conceptos, “grobalization” y “glocalization.” Lisa y llanamente, “grobalization” es el proceso a través del cual lo global arrolla lo local; mientras que “glocalization,” a mi juicio una situación generalmente improbable – al menos en la mayoría de los países pobres y en vías de desarrollo – un estado de cosas en que lo global y lo local compiten equitativamente.[12] Estos dos conceptos, a su vez, guardan relación con conceptos tales como “lo propio,” “lo ajeno,”[13] “identidad,” “lo local” y “lo global,” como se demostró en diciembre de 2004 en un congreso interdisciplinario sobre el tema de la arquitectura y la identidad celebrado en la ciudad de Berlín.  Una de las fuentes más significativas respecto del debate “lo propio” versus “lo ajeno” que tiene lugar hoy en día en el contexto de la globalización en varias partes del mundo, es un ensayo que el filósofo francés Paul Ricoeur publicó en 1955 en su libro Histoire et vérité llamado “Civilization universelle et cultures nationales.” Ricoeur advierte el advenimiento de una civilización universal, o mundial, que, si bien constituye un desarrollo positivo en su opinión, podría al mismo tiempo debilitar las culturas nacionales o locales: L’humanité … entre dans une unique civilisation planétaire qui représente à la fois un progrès gigantesque pour tous et une tâche écrasante de survie et d’adaptation de l’héritage culturel à ce cadre nouveau.”[14]  La presencia de un “développement des techniques,” una “politique rationnelle” y una “économie rationnelle universelle,”[15] han producido, indefectiblemente, un nuevo modus vivendi  en el mundo entero: “Enfin, on peut dire qu’il se développe à travers le monde un genre de vie également universel.”[16]  No obstante, más que ofrecer una solución a la disyuntiva de abrazar el monstruo de una “civilization planétaire” o combatirla con uñas y dientes, o bien optar por la preservación de las tradiciones propias o abandonarlas en aras de ser moderno, el filósofo francés plantea el asunto a modo de paradoja:  

Il faut d’une part se réenraciner dans son passé, se refaire une âme nationale et dresser cette revendication spirituelle et culturelle face à la personnalité du colonisateur. Mais il faut en même temps, pour entrer dans la civilisation moderne, entrer dans la rationalité scientifique, technique, politique qui exige bien souvent l’abandon pur et simple de tout un passé culturel. C’est un fait: toute culture ne peut supporter et absorber le choc de la civilisation mondiale. Voilà le paradoxe: comment se moderniser, et retourner aux sources? Comment réveiller une vieille culture endormie et entrer dans la civilisation universelle?[17]

En gran medida, éste es el dilema que enfrentan muchos países en América Latina hoy en día: cómo mantener una identidad nacional frente a la globalización.

            Como latinoamericano que vive en Estados Unidos, a menudo me doy cuenta que no es fácil tener una idea clara sobre qué es lo que está pasando en la ciudad latinoamericana actualmente, no importa cuántos viajes haga.  Es cierto que más y más personas tienen acceso a teléfonos celulares y al internet y que cada día se construyen – o se construían hasta el segundo semestre de 2008 -- más y más supermercados y centros comerciales, especialmente en Chile; pero el resto de la vida, su “intrahistoria,” para utilizar la feliz expresión de Unamuno, pareciera no sufrir grandes transformaciones.  Por otro lado, todo depende de la ciudad que uno visite, San Salvador o Santiago de Chile, Buenos Aires o La Paz, Río de Janeiro o Ciudad de México.  En consecuencia, las principales preguntas que me planteo en este estudio son: ¿Cuál es el estado actual de la metrópolis latinoamericana?  ¿Quién brinda una representación más fidedigna del espacio urbano, Fuguet o Lemebel?  Y, más concretamente, ¿sigue siendo válido emplear términos tales como “lo propio” y “lo ajeno” en el contexto de la identidad cultural?  ¿Y qué decir de “identidad”?[18]  ¿Sigue teniendo sentido hablar de “identidad,” no será un concepto demasiado trillado?  No hay que ser antropólogo ni etnólogo para darse cuenta no sólo que las culturas están siempre marcadas por las huellas de múltiples y distintos signos culturales sino que, pese a los infructuosos esfuerzos de muchos, las esencias se sitúan siempre más allá de lo real.  Ortiz nos recuerda, efectivamente, que “es ilusorio imaginar la memoria nacional como el espacio ontológico de una identidad unívoca.”[19]  Así, la antonomia “lo propio/lo ajeno” resulta problemática, en particular cuando nos referimos a América Latina, un continente híbrido aunque no posmoderno por excelencia.  Empero, si acaso hacemos uso de los constructos “lo propio/lo ajeno” en el caso de Latino América, la pregunta tendría que ser, ¿“lo propio”[20] y “lo ajeno”[21] de quién? Ninguno de los dos pareciera ser demasiado preciso.  Es más, hablar de identidad en estos momentos resulta incluso algo anacrónico y huidizo.

            Puesto que la nomenclatura “lo propio,” “lo ajeno” y aun “identidad” parece algo rígida y tenue al mismo tiempo, en especial respecto de la ciudad latinoamericana contemporánea en el contexto de la globalización, prefiero utilizar el vocablo alemán Weltanschauung, un vocablo que a mi juicio resulta mucho más útil para discutir el impacto de la globalización en la producción cultural local.  Ello no significa que descarte de plano el término “identidad.” Weltanschauung – literalmente, “punto de vista” – tiene la ventaja de colocar al sujeto en el presente, de liberarlo/la de las pesadas cadenas de una identidad fija con el fin de construir una especie de yo móbil, un yo que se va formando diaria y distintamente, dependiendo de dónde se sitúa y qué estímulos externos recibe.  La conocida oración de Ortega y Gasset, “yo soy yo mi circunstancia,” sigue teniendo validez.  Desde esta óptica, podría argumentarse que si Fuguet y Lemebel presentan diagnósticos diferentes del espacio urbano de la ciudad de Santiago, es debido a que su  Weltanschauung -- sus actitudes relativas al mercado, la historia, la cultura y la posición desde donde escriben --, es también diferente.

III.       Tres enfoques sobre la globalización, la identidad y la ciudad:  Néstor García Canclini, Beatriz Sarlo y Renato Ortiz:  

De acuerdo a García Canclini, los porfiados intentos por aferrarse a una identidad resultan vanos en última instancia.  Aun cuando el crítico argentino se adhiere a la idea de que los procesos de hibridación caracterizan la vida en América Latina y las tecnologías de la comunicación desterritorializan las culturas nacionales,[22] no tiene absolutamente ningún problema en decidir entre “lo propio” y “lo ajeno.” En efecto, no defiende ninguno de los dos conceptos.  Así, en la lucha entre la visión de Fuguet y la visión de Lemebel, García Canclini no tomaría partido.  Lo más probable es que los invitaría a ambos a almorzar al mismo tiempo.  Un día, los tres se servirían una rica y grasosa hamburguesa con papas fritas en uno de los McDonalds de Santiago.  Al día siguiente, se comerían unas suculentas empanadas seguidas de un sabrosísimo pastel de choclo y acompañados de una buena botella de vino tinto chileno en uno de los múltiples restaurantes de comida chilena tradicional ubicados en el barrio alto.  Después de todo, si nos fijamos detenidamente en la dinámica de cualquier ciudad hoy en día, especialmente en Latino América, “lo global” está tan entremezclado con “lo local” como “lo local” con “lo global.” Pero, como se dijo arriba, “lo global” no es demasiado fácil de vislumbrar en el día a día.  Para García Canclini, de hecho, donde más se aprecia la globalización es en los medios de comunicación masivos.[23]  Además, para él la opción en América Latina no es globalizarse, por así decirlo, o bien defender la identidad sino evitar elegir entre “lo global” y “lo local.” De suma importancia, en su opinión, es “saber qué podemos hacer y ser con los otros, cómo encarar la heterogeneidad, la diferencia y la desigualdad.”[24]  En otras palabras, trascender “lo propio” y “lo ajeno” con el firme propósito de adoptar una suerte de identidad flexible; ni globalizado ni localizado, pareciera arguir García Canclini.  Él es consciente que aunque “las grandes ciudades son espacios para imaginar la globalización y articularla con lo nacional y lo local,”[25] las ciudades no son idénticas.  Esto significa, a su juicio, que en algunas metrópolis – “la megalópolis,” por ejemplo -- es más fácil que en otras – “la ciudad emergente,” de la cual Santiago es un buen ejemplo – crear una situación glocalizada.  Dentro del mismo contexto, en un artículo reciente el crítico argentino insiste que ya es hora de que América Latina escape de la cárcel de “las culturas nacionales o regionales.”[26]  Esta “deconstrucción de las naciones”[27] a las que hace referencia no es un fenómeno nuevo, por supuesto.  Hasta cierto punto, en Empire (2000) – aun cuando no se refieren directamente a Latino América – Michael Hardt y Antonio Negri resolvieron el asunto de la desaparición del Estado-Nación anunciando a viva voz el advenimiento del “Imperio” como la nueva, universal y omnipresente Nación o, aun mejor, el Mundo-Estado.  Este es el lugar, en suma, donde se fraguaría idealmente la identidad concebida por García Canclini.

Beatriz Sarlo, por su parte, le daría una buena cachetada en la cara a Fuguet por promocionar con tanto entusiasmo la cultura norteamericana.  Hay que proteger la cultura nacional, la educación nacional y, sobre todo, la industria cultural nacional de los tentáculos de la globalización.  Y son los intelectuales, en particular los escritores, quienes más responsabilidad tienen a este respecto.  Resulta interesante observar que Sarlo publicó su más famoso estudio hasta el momento, Escenas de la vida posmoderna, en 1994, es decir, cuando Argentina no recibía aún el durísimo golpe a su economía que en 2001 castigará tan severamente al país.  Más interesante aun es el hecho que el centro comercial, que, como ella apunta en su libro, “ha sido construido para reemplazar a la ciudad,”[28] se convirtió en una de las primeras víctimas de los ciudadanos devenidos consumidores quienes, incentivados por la rápida caída del dólar, entraron en él por asalto y robaron todo lo que estaba dentro.  Metafóricamente hablando, lo local invadió lo global y ganó una batalla parcial.  En la desastrosa crisis económica del mes de diciembre de 2001, que de la noche a la mañana transformó a una orgullosa Argentina en prima en primer grado de muchos de los países latinoamericanos que hasta ese entonces despreciaba, las presiones de lo local y las fuerzas de lo global se enfrentaron cara a cara.

            Al centrar la mayor parte de su análisis en el impacto de la globalización en la cultura usando categorías tales como “espacio” y “territorio,” Ortiz nos aconseja no considerar la nación como algo “natural” o como una “necesidad teleológica”; en efecto, en la que él llama una “sociedad globalizada” la nación ya no está en condiciones de determinar las relaciones sociales precisamente porque “su territorio es atravesado por fuerzas que la trascienden.”[29]  La globalización debilita el vínculo tradicional entre la cultura y el espacio físico y la soberanía deja de ser legitimada por la voluntad del pueblo.[30]  En un momento en que las fuerzas globales parecieran redefinir el espacio casi constantemente, Ortiz piensa que las nociones tales como “’nosotros’ y ‘ellos’, ‘cerca’ y ‘lejos’, ‘interno’ y ‘externo,’” se modifican también de modo constante.  Desde esta perspectiva, resulta complicado seguir aferrándose tanto a las antinomias “mundial/nacional/local” como a la clara distinción entre “lo autóctono” y “lo foráneo.”[31]  En Otro territorio (1996), el sociólogo brasileño discute la existencia de una “cultura mundializada” que yace en el corazón mismo de la periferia y “forma parte de nuestra vida cotidiana.”[32] Puesto que el comienzo de la globalización trae consigo la modificación del espacio así como la disolución de las fronteras, se hace necesario pensar más allá del paradigma global/local.  A fin de cuentas, la globalización – tanto lo que Ortiz denomina “globalización de las sociedades” como lo que denomina “mundialización de la cultura”[33] --, debe entenderse no como algo foráneo, externo a la vida nacional sino como una “expansión de la modernidad-mundo,”[34] especialmente en América Latina, un continente donde, como ha dicho en un artículo reciente, “la modernidad es siempre un proyecto, algo a alcanzar en el futuro.”[35]

IV.       Visión histórica de la ciudad latinoamericana:

Históricamente, la ciudad latinoamericana viene a ser el producto de la ciudad española en América, la que a su vez es el resultado de la violencia imperial de España.  Desde la génesis misma del proceso de colonización, los españoles anhelaban ser urbanos.[36]  Ello significó no solamente la imposición de un orden por la fuerza sino también la destrucción material de localidades étnicas existentes.  Como todos sabemos, el período colonial durará aproximadamente trescientos años.  A principios del siglo diecinueve, ansiosos de cortar el cordón umbilical que los unía a España e influenciados tanto por la revolución norteamericana de 1776 como por la revolución francesa de 1789, entre otros hechos, la clase dirigente se dio a la urgente tarea de diseñar un nuevo orden, un orden que siguiera las leyes de la razón y la ciencia y no la fe ni la tradición, al menos teóricamente.  Sobre todo, los patricios modernizadores querían ser modernos y traer el progreso y el desarrollo a las naciones en formación fuese como fuese.[37]  Para utilizar la metáfora de Barbara Czarniawska, la ciudad se convirtió en un “laboratorio,”[38] en especial desde la segunda mitad del siglo diecinueve en adelante, período en la historia de América Latina que Jorge Liernur denomina, muy adecuadamente, “la segunda conquista.”[39] Durante esta época, las nuevas “comunidades imaginadas” que posteriormente se transformarán en Latino América según Benedict Anderson, primero merced a sistemas de transporte y capital inglés y más tarde gracias a tecnologías y servicios norteamericanos, se convirtieron en espacios propicios para ser explotados.  El fenómeno de “la exportación de la arquitectura norteamericana” a nivel mundial al que se ha referido recientemente Jeffrey Cody[40] y el que con el tiempo conducirá, mutatis mutandis, a la globalización como el único fin posible de la historia, tiene su inicio en la década de 1870.  Como ya anoté, los miembros de la oligarquía y la naciente burguesía latinoamericanas anhelaban ser modernos.  Empero no deseaban ser norteamericanos, por lo menos no todavía.  Para ellos, Estados Unidos era un país imperialista y utilitario -- piénsese tan sólo en las críticas de Martí y luego Rodó (en Ariel) -- donde el éxito material era mucho más importante que la búsqueda de la belleza y la cultura.  Por consiguiente, aun cuando envidiaban sus máquinas y su desarrollo, erigieron a Europa y principalmente a Francia como modelos para sus ciudades.  Las mismas aventuras quijotescas así como los sueños de grandeza plasmados tan felizmente en las películas del director alemán Werner Herzog “Aguirre, la ira de Dios” (1972) y especialmente “Fitzcarraldo” (1982), encuentran un paralelo en la edificación de parte de la clase dirigente latinoamericana de casas y palacios de diseño francés construidos con materiales importados directamente de Europa.  Con el tiempo, surgieron gradualmente tres tipos de espacios diferentes dentro de una sola zona urbana en la mayoría de las ciudades de América Latina: primero las casas de apariencia europea de los ricos sólidamente construidas y los conventillos o barrios marginales de los inmigrantes pobres y los mineros y campesinos que empezaron a abandonar el campo; y más adelante, en los cincuentas y sesentas, numerosos conjuntos habitacionales para una clase media que recién comenzaba a florecer.[41]

V.        Santiago de Chile:

El desarrollo de Santiago es bastante similiar al de la mayor parte de las capitales latinoamericanas. Desde el principio de la historia chilena, Santiago se convirtió rápidamente en el centro de la hegemonía política y económica aun cuando una significativa cantidad de la riqueza del país no se producía dentro de sus fronteras.  Entre el  fin de siècle y las primeras décadas del Siglo XX, las familias adineradas se establecieron en el centro de la ciudad, donde edificaron hermosas mansiones que guardaban un gran parecido con mansiones de Francia e Inglaterra.  Es justamente en este sector donde surgen las primeras tiendas[42] y donde se establecen las primeras instituciones políticas y culturales.  Sin embargo, la vida en Santiago no resultaba tan diferente del retrato de ésta que ofrece Alberto Blest Gana en Martín Rivas (1862).  La clase a la que la persona pertenecía, el apellido que tenía, la educación y el capital del que disponía siguieron determinando dónde vivía y en qué actividades sociales y culturales se involucraba.  Los ricos, por ejemplo, hacían grandes fiestas en sus casas, donde frecuentemente invitaban a las familias más adineradas de ciudades aledañas tales como Valparaiso, Los Andes, San Felipe, etc.  Asimismo, se paseaban por elegantes calles y parques y se congregaban en clubes privados, sobre todo en el Teatro Municipal, donde mucho más importante que ver tal o cual espectáculo era ser visto.  Para los pobres, las circunstancias resultaban bastante diferentes.  La mayoría de ellos víctimas de un proceso que el historiador y sociólogo Gabriel Salazar denomina la “descampesinización” del campo,[43] el cual tiene su génesis en los últimos lustros del Siglo XIX, se vieron en la necesidad de vivir confinados en barrios marginales que no contaban con luz y agua potable localizados en los márgenes del casco antiguo de la ciudad.  En este contexto, no sorprende que algunos intelectuales de la época protestaran contra la palpable brecha entre ricos y pobres no sólo en Santiago sino en todo el país.  Nicolás Palacios (1858-1927), verbigracia, denunció severamente el hecho de que, cuando se trataba de inversión y colonización interna, el gobierno favorecía a extranjeros en vez de favorecer a la clase media y clase pobre chilenas.  Era un incansable defensor del “roto” quien, si bien representaba según él la máxima encarnación de “la raza chilena,” vivía en la pobreza más abyecta y era despreciado por la elite.[44]  En contraste con el “pituco,” su contraparte aristocrática, el “roto”[45] desarrolló un tipo de sociabilidad popular que se manifestaba en bailes callejeros, el circo y la zarzuela en sitios tales como San Diego y la Estación Central.  El único sitio donde se juntaban el “roto,” el “pituco” y los miembros de una incipiente clase media, era la Plaza de Armas, lugar de encuentro de todos los tranvías de la época.  Una vez que llegó la luz eléctrica, se hizo posible extender el sistema de transporte y de esa forma nacieron los barrios de Ñuñoa y Providencia, entre otros.  Paulatinamente, en la medida en que cientos de mineros empezaron a abandonar las minas de nitrato en el norte, éstos se mudaron a la capital y se vieron forzados a vivir en los llamados “conventillos.”[46]  Con el tiempo nació el “Gran Santiago” y los ricos comenzaron a dejar el centro histórico para irse a vivir hacia la Cordillera de los Andes, dando nacimiento así a los barrios de El Golf, Las Condes y Vitacura, entre otros.[47]

VI.       La ciudad actual y la violencia en América Latina:

Aunque seguramente sería injusto proveer un retrato uniforme de la ciudad latinoamericana de hoy, no cabe duda, como afirma Andrés Duany, que muchas ciudades del continente han experimentado una “pérdida de su fantástica calidad cívica” como consecuencia directa de múltiples políticas neoliberales que gradualmente han socavado el rol protector del Estado.[48]  Como apunta Alan Gilbert, las ciudades de América Latina han sufrido un proceso de “norteamericanización”[49] que ha traido consigo “tipologías urbanas que son esencialmente anti-peatón.”[50]  La ciudad como centro del civismo y el orden nacional se ha transformado en el “tropo del desorden” por excelencia.[51] Varios estudios recientes sobre la violencia en las ciudades latinoamericanas presentan un cuadro bastante desalentador de las localidades urbanas.  De acuerdo al ensayista mejicano Carlos Monsivais, la metrópolis moderna se ha convertido en el lugar donde diariamente se celebran los “rituales del caos.”[52] Mabel Moraña y Beatriz Sarlo, por su parte, destacan el miedo como uno de los rasgos más sobresalientes en los espacios públicos presentes.[53]  Martín Hopenhayn hace referencia a las drogas y la violencia como los fantasmas de la nueva metrópolis latinoamericana.[54]  La metáfora del crítico cultural colombiano Jesús Martín-Barbero “discriminación topográfica[55] para aludir a la tajante división entre barrios pobres y barrios ricos, en cualquier caso, es quizá la frase que más acertadamente encarna la radiografía de la ciudad moderna que estos críticos delinean.  Por un lado, miedo de los pobres, los desempleados, los drogadictos, el Otro; al mismo tiempo, la naturaleza cada vez más frágil de las relaciones sociales y la pérdida de la sociabilidad espontánea.  Por otro, el mall y el “gated-community”[56] como espacios de refugio frente a la inseguridad de las calles; asimismo, la proliferación de sistemas de seguridad y el creciente deseo de vivir en edificios de departamentos en vez de casas.  A fin de cuentas, la ciudad latinoamericana tradicional, lo que Liernur denomina la “ciudad contaminada”[57] en la que ricos y pobres, blancos y negros, mestizos e indígenas compartieron los mismos espacios públicos, se está metamorfoseando actualmente en dos ciudades distintas pero contenidas dentro de la misma ciudad.  Como resultado de ello, pareciera que, de acuerdo al estudio más reciente de Joel Kotkin, a las capitales del continente les faltaran al menos dos de los tres ingredientes básicos – aunque de importancia capital – para garantizar la sobrevivencia de cualquier ciudad en la era de la globalización: “el carácter sagrado del lugar, [y] la abilidad de brindar seguridad,” respectivamente.[58]

            Si bien no toda la literatura que se está produciendo en estos momentos en América Latina puede reducirse a una caracterización de la ciudad,[59] la batalla entre lo local y lo global puede vislumbrarse justamente en numerosos textos literarios.[60]  Aun cuando la globalización se concibiera como “complex connectivity” (Tomlinson),[61] como “translocalization” o “translation,”[62] como un sinnúmero de metáforas y dispositivos retóricos[63] que Michael Veseth prefiere resumir con el término “globaloney,”[64] o como “un objeto cultural no identificado,”[65] y si, en el peor de los casos, la “grobalización” se impone indefectiblemente a la “glocalización,” el hecho es que los escritores del continente, de una u otra forma, sí están reaccionando frente a las múltiples transformaciones que viene experimentando la ciudad en los últimos veinte años.  Como puede deducirse del título de este estudio, Fuguet y Lemebel proponen visiones diametralmente opuestas de la ciudad,  de allí que resulte difícil no leer sus textos binariamente.  Ambos centran su atención en Santiago.  Como todos sabemos, tradicionalmente ésta ha estado dividida en dos sectores claramente demarcados: el barrio alto, un área ubicada cerca de la Cordillera de los Andes y poblada principalmente por la clase media alta y la clase adinerada, y de Plaza Italia para abajo, una zona que se encuentra al oeste y que incluye el casco viejo de la ciudad, donde viven mayoritariamente pobres y miembros de la clase media baja.[66]    Históricamente, las familias ricas y la clase media alta se han desplazado desde el centro (casco viejo) hacia las montañas (Cordillera de los Andes).  En los últimos años, aunque el tradicional barrio alto[67] sigue existiendo, se han construido viviendas inmensamente caras incluso al pie de las montañas (“La Dehesa,” por ejemplo).  Antes de analizar Mala onda (1991), examinemos brevemente otros textos de Fuguet.[68]

VII.     Alberto Fuguet y la exaltación de lo global:

El valor de su obra reside no solamente en el hecho de ser el primer escritor en Chile que ofrece un retrato claro del trazado geográfico y el ambiente social del barrio alto, particularmente en Mala onda, sino en el hecho de que es sin lugar a dudas uno de los primeros en ficcionalizar los incipientes síntomas de una sociedad que, tras ser forzada a adoptar un nuevo y dramático tipo de modos operandi  económico – el Neoliberalismo – es testigo de la globalización y sus malestares, con sus multinacionales, sus McDonalds, sus tecnologías de la comunicación, su industria cultural y su individualismo salvaje.  Como señala Diana Palaversich, los textos de Fuguet han recibido escasa atención crítica[69] (en contraposición a Diamela Eltit y Pedro Lemebel, sobre quienes existen muchos más aproximaciones críticas, en especial en la academia norteamericana).  A su vez, ciertos segmentos de la prensa escrita chilena han señalado que Fuguet es demasiado superficial y “light” y no lo suficientemente latinoamericano.  Otros lo colocan en la misma categoría de Marcela Serrano e Isabel Allende, es decir, como productor de textos para el mercado.[70] Es verdad que, como apunta Sarlo en relación al actual debate en torno a los estudios culturales, la “pregunta sobre los valores” es esencial a la hora de evaluar las obras literarias.[71]  No obstante, el mérito de la obra de Fuguet consiste, fundamentalmente, en su naturaleza documental, en el hecho de que, nos guste o no, presenta un cuadro de un Chile que también es real.[72]

            Si bien no todos los textos de Fuguet ofrecen una minuciosa radiografía de la ciudad, la mayor parte de sus personajes son urbanos.  Y con la excepción de Tinta roja (1996), su única novela policial, todos ellos provienen de la clase media alta y representan la jeunesse doré del Chile contemporáneo.  Asimismo, estos personajes son fanáticos de la música rock norteamericana e inglesa, tienden a hablar tanto en inglés como en español, hacen viajes al extranjero (casi siempre a los Estados Unidos, un país que admiran e imitan), y pasan mucho tiempo viendo películas de Hollywood.[73]  Sobredosis (1990), la primera colección de cuentos de Fuguet, marca la génesis del viaje a “McOndo” que alcanzará su punto más álgido en el controversial prólogo de McOndo.  Algunos de los rasgos estilísticos y temáticos que caracterizan Mala onda constituyen una parte importante de Sobredosis.  Uno de los más trascendentales en lo relativo al tema de la globalización y las nociones de “lo propio” y “lo ajeno,” es la confección de una ideología que busca liberar a Chile de la categoría de Tercer Mundo en la cual se le a situado tradicionalmente.  Hay un fuerte deseo, efectivamente, de enterrar “el viejo Chile” y realzar un Chile nuevo y “moderno.” Al mismo tiempo, empero, pareciera producirse una total desconexión entre este deseo y la realidad.  Si, por un lado, la vida diaria y las experiencias de estos personajes están marcadas la mayoría de las veces por videos musicales y películas y series de televisión norteamericanas – “It’s hard to give a shit these days, pensó, citando a Lou Reed”; “La parte de atrás del centro comercial parecía de Blade Runner: puro cemento”[74] --, por el otro se observa un patente desprecio, una suerte de complejo de inferioridad respecto de Santiago y todo lo chileno: “Santiago es, en el fondo, un pueblo chico”; “Ya llevaban como tres días en Santiago y realmente era la nada.  La peor ciudad del mundo, el peor país.”[75] Es como si aquello que Carlos Alonso denomina “el peso de la modernidad” en relación al Siglo XIX latinoamericano, siguiera estando vigente en el discurso literario del Siglo XX.  Pese a este dignóstico negativo de Santiago, sin embargo, es en el barrio alto donde transcurre la mayor parte de la acción; algunas de las calles que se mencionan con frecuencia son Providencia, Ricardo Lyon, Apoquindo y Las Condes.  Es justamente aquí donde se hacen presentes las señales más tempranas de lo que algunos perciben como la “norteamericanización” de Santiago y otros la estandardización de la vida diaria ocasionada por un incipiente proceso de globalización.  Al echar un vistazo rápido a los tres primeros cuentos de la colección – “Deambulando por la orilla oscura,” “Amor sobre ruedas” y “Los muertos vivos,” por ejemplo --, nos encontramos con un centro comercial (“el Apumanque”),[76] con prácticas alimenticias que han llegado a convertirse en la presencia misma del imperio en la mayoría de las metrópolis (“papas fritas … comida rápida”) y el inglés como la lingua franca (“Welcome to the jungle, it gets worse here everyday”).[77]  No obstante es en Mala onda, la primera novela de Fuguet, donde se cristaliza la imagen de Chile. 

            Esta Buildungsroman, o novela de formación, cuya acción tiene lugar días antes de que se efectuara en Chile el plebiscito sobre la constitución de Augusto Pinochet de 1980, ofrece uno de los retratos más claros de la existencia de dos espacios urbanos bien definidos de la capital chilena: la naciente globalizada, “norteamericanizada,” neoliberalizada, “desterritorializada” polis del protagonista y su mundo que empezó a perfilarse durante la dictadura en la década de los setenta, y un espacio urbano más antiguo, más tradicional, más peligroso y patentemente “chileno” que Matías Vicuña, el joven protagonista de diecisiete años, evita a toda costa.    Mala onda constituye tal vez el mejor paradigma de lo que eventualmente se transformará en el único modelo para la sociedad chilena: conductas de un consumismo febril, privatización de los servicios básicos, privatización de la educación superior, privatización de la salud y las pensiones y la apertura ilimitada a la inversión extranjera.  Estos Weltanschauungen de Fuguet y Matías sobre la globalización y la cultura norteamericana serán adoptados y glorificados por los futuros gobiernos democráticos de Eduardo Frei y Patricio Alwin e incluso por los socialistas Ricardo lagos y Michelle Bachelet.  Tiene razón el crítico y escritor chileno José Leandro Urbina cuando homologa la representación de Santiago en la novela con Manhattan o algún suburbio de Los Ángeles. En última instancia, la búsqueda de identidad del protagonista se desarrolla exclusivamente dentro del perímetro del barrio alto.  Este sector, donde habitan mayoritariamente las familias con los más altos ingresos, contrasta fuertemente con el resto de la ciudad, como se dijo arriba.  Matías conoce esta cartografía urbana como la palma de su mano y se siente inmensamente cómodo en ella.  Ningún barrio rico, ninguna calle con tiendas y bares exclusivos, se escapa de los incansables movimientos de este flâneur moderno: “El Bosque,” “Apoquindo,” “Las Condes,” “Vitacura,” “Avenida Kennedy,” “El Arrayán.”  Algunos de los indicadores más típicos de la globalización que en estos momentos llenan numerosas áreas metropolitanas latinoamericanas se hallan presentes ya en el paisaje urbano santiaguino de 1980: shoppings (así, en inglés), centros comerciales incluso mejor diseñados que los malls norteamericanos que les sirvieron de modelo, multicines, hipermercados que a la vez cuentan con jardinerías, farmacias, restaurantes y todo tipo de servicios, muchos con nombres en inglés: el “Shopping de Vitacura,” el “Pumper Nic,” el “Drugstore,” el “Long Beach.”  Significativamente, en un instante de la narración cuando Matías se encuentra en el “Pumper Nic” y huele el olor a papitas fritas, exclama: “Me gusta.  Es el olor de Estados Unidos,… Olor a progreso.”[78]

             Ahora bien, si existe una cartografía física en la ciudad de Fuguet, existe también un imaginario cultural palpable que la acompaña y sostiene.  En términos muy simples, ello se traduce en la exaltación de todo lo que viene de Estados Unidos y un repudio total de las culturas chilena y latinoamericana.  De regreso de un viaje de colegio de fin de año a Río de Janeiro, por ejemplo, el protagonista afirma: “Cagué.  Estoy de vuelta, estoy en Chile.”[79]  En este caso, no se trata de conceder distinción a través del gusto, como quiere Pierre Bourdieu.[80]  Por el contrario, la cualidad aurática de ciertos productos norteamericanos, en especial la música y las películas, se asume  ab ovo.  En el transcurso del texto el adjetivo “chileno/a” se utiliza cada vez que la voz narrativa en primera persona desea atribuir una cualidad negativa a un objeto o realidad.  Además, se contraponen grupos musicales norteamericanos e ingleses tales como los Doors, K.C. and the Sunshine Band, Fleetwood Mac, los Pistols, Pink Floyd, Led Zeppeling, Queen y muchos otros cuyas canciones el protagonista se sabe de memoria, con cantantes y grupos chilenos y latinoamericanos tales como Violeta Parra, Víctor Jara, Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, Quilapayún, Intillimani y los Jaivas cuyas canciones estaban prohibidas durante la dictadura de Pinochet.  Para Matías, quien ve Chile como un país atrasado e insignificante, éstos últimos representan el pasado.

            Aunque salvo al final de la novela éste no recorre sino el veinte por ciento de la ciudad de Santiago, sí hace breves alusiones a algunos barrios pobres y de clase trabajadora tales como Recoleta y Gran Avenida, los cuales considera verdaderamente horribles.  Hacia el final de una búsqueda de sí mismo que con frecuencia se torna desesperada, nuestro protagonista, con una botella de valium en la mano y una copia de la legendaria novela de J.D. Salinger El guardián entre el centeno (1951), accidentalmente logra traspasar los límites del barrio rico y cómodo que tan bien conoce, sintiéndose completamente fuera de lugar en un sector de clase media baja donde el bus lo deja.  “No tengo ni idea en dónde me encuentro.  Este no es mi territorio”,[81] afirma.  Y más adelante agrega: “Tengo que salir de aquí, volver a la civilización.”[82]  Tras tomar un taxi que lo deja en pleno centro de la ciudad, camina por el Paseo Ahumada, una de las calles más comerciales y antiguas de Santiago, y hace la siguiente observación: “Un grupo de niñas harapientas juguetea y revisa los tarros de basura.”[83]  Luego, mientras se pasea por otra área del corazón del casco viejo, señala: “El barrio éste es infinitamente más antiguo y dejado de la mano de Dios que el resto del centro.”[84]  Seguidamente, Matías compra la revista Village Voice, se sirve una hamburguesa en un Burger Inn y, haciendo uso de su perfecto conocimiento del inglés, se hace pasar por norteamericano a fin de conseguir una habitación en un hotel.  Al día siguiente, mientras las manifestaciones y el desorden se apoderan de las calles de la capital producto del triunfo de Pinochet, él y su abuelo, con quien se topa por casualidad en el Café Haití, se refugian en el Club de la Unión, uno de los clubes privados más prestigiosos y antiguos del país.  Al final de la novela, este rebelde sin causa se reconcilia con su padre pasando la noche con un par de prostitutas y aceptando complacientemente la continuación de la dictadura.

            En la segunda novela del autor, Por favor, rebobinar (1994), donde se lleva a cabo un “análisis micro-social”[85] de la propia generación de Fuguet, la búsqueda de significado de Matías la repiten todos los narradores-protagonistas del texto: Lucas, Ignacia, Julián, Andoni, Damián, Cox y Gonzalo; salvo que no ya como adolescentes sino como adultos.  Además, el “rebobinar” del título no se traduce en escudriñar el pasado de Chile para comprender el presente sino en adentrarse en el propio fuero interno de cada uno con el propósito de curarse emocionalmente en el  hic et nunc.  A pesar del hecho de que la dictadura ya terminó y el país es ahora una “democracia,” la aventura continúa siendo completamente individual.  El advenimiento de la “transición” no significa el regreso a comportamientos colectivos anteriores a 1973 sino, muy por el contrario, el desgaste de la comunidad.  Así, no debiera sorprender que en su famosa defensa “I am not a Magic Realist” (1997), Fuguet pueda decir, “Siento que el gran tema de la identidad latinoamericana (¿quiénes somos?) debiera ceder al tema de la identidad personal (¿quién soy?).” O, como arguye Ricardo Gutiérrez Mouat, el cambio de “la realidad virtual por el realismo mágico, la identidad individual por la identidad cultural, y la aldea global (con su sociedad de consumo y su ‘esfera mediática’) por la aldea local.”  El mundo de los personajes en Por favor, rebobinar es el mundo del laberinto de la soledad en el cual los habitantes de la metrópolis se han transformado en huérfanos de la aldea global.  Ni el Estado-Nación ni el aparato militar están ya en condiciones de proveer una dirección.  En la última sección de la novela, “Adulto contemporáneo,” Gonzalo ofrece una evaluación retrospectiva de las vidas de sus amigos, afirmando de forma contundente: “Sabíamos que Santiago estaba lleno de gente rara, sola, que necesitaba conectarse, sentirse parte de algo porque, de alguna manera, éramos como ellos.  Y no nos sentíamos parte.”[86]  La ciudadanía, en el recientemente instalado estado neoliberal, debe construirse de forma individual, no de manera política, pues la política se ha convertido en la política del espectáculo.  Pero para diseñar esta ciudadanía posnacional, pospolítica y global hácese necesario comenzar de nuevo, como si los turbios eventos históricos no tuviesen absolutamente ninguna conexión con el presente.  No es ningún accidente, entonces, que Lucas asevere lo siguiente en la primera sección del texto, “Una estrella-y-media”: “Creo que debería empezar a planear mi futuro, puesto que el futuro va a estar conmigo el resto de mi vida, no así el pasado que, con un poco de suerte y un poco de esfuerzo, perfectamente podré exterminarlo de mi sistema.  Ese es mi primer objetivo futurista: borrar el pasado.”[87]  Con razón para el escritor y crítico boliviano Edmundo Paz-Soldán Por favor, rebobinar constituye una suerte de respaldo del momento neoliberal.[88]  Desde Sobredosis hasta Mala onda y desde ésta hasta Por favor, rebobinar no se produce ninguna transformación sustantiva en la Weltanschauung de Fuguet.  Lo propio sigue definiéndose en términos de lo ajeno y “el viejo Chile” sigue representando el obstáculo a superar: “Si bien nunca he pisado los Estados Unidos, me encantaría que la película sobre la historia de mi vida se filmara en USA, con actores yanquis.  No toleraría que se filmara acá en Chile … Podría ambientarse en un pueblecito del norte de California o en una caleta de Nueva Inglaterra”; “Bien.  Bastante bien.  Casi perfecto, para ser chileno.”[89] Los personajes de esta segunda novela de Fuguet, la mayoría de los cuales reside en el barrio alto – Santa María de Manqueue, Providencia, Las Condes, La Dehesa, etc. --, no sólo miran en menos sino que también sospechan de los tradicionales barrios santiaguinos: Santo Domingo y La Cisterna, por ejemplo.  Lo que desprecian, en última instancia, son las prácticas culturales y las costumbres que, desde su punto de vista, con concuerdan con el nuevo Chile: “para ustedes, en cambio, estar allí era el sueño de la familia, el orgullo de esos tíos que llegaban los domingos en micro y armaban el asado y después partían en masa al fútbol.”[90]  Análogamente, hay que decir que el mundo de Fuguet es un mundo blanco, ni siquiera mestizo, y que aquellos con atributos físicos indígenas son negativamente representados: “En eso llegó otro tipo, bajito y lleno de acné, con el pelo tieso y un horroroso chaleco tejido a mano color caqui.”[91]

VIII.    Pedro Lemebel y el rescate de lo local:

Este mundo, el mundo de “los de abajo,” el mundo de aquellos que no se han beneficiado lo suficiente del milagro económico chileno, es el que Pedro Lemebel no se cansa de describir.  Al igual que Carlos Monsivais en Días de guardar (1970), Los rituales del caos (1995) y otras crónicas urbanas, Lemebel revela aquellos aspectos de la cultura chilena que pasan desapercibidos y los que no figuran en la representación oficial pero que sin embargo se encuentran totalmente vivos.  Si bien reconoce que el intelectual mexicano ha tenido una importante influencia en sus propios esfuerzos crítico-literarios, carece del humor de Monsivais y es menos optimista sobre el futuro del país.  La obra de Lemebel encarna la resistencia misma contra lo global así como el rescate apasionado de una identidad chilena siempre a punto de evaporarse.[92] Al mismo tiempo, él es el primer escritor chileno que pone sobre el tapete de modo contundente y valiente la identidad gay en una esfera pública que se caracteriza por ser predominantemente homofóbica y racista.  En líneas generales, Lemebel lleva a cabo dos tareas: a) confeccionar lo que podría llamarse una poética del mundo gay underground y; b) criticar de forma incondicional la violación de los derechos humanos que se perpetró durante el régimen de Pinochet, además de castigar repetidamente a los gobiernos democráticos subsecuentes no sólo por haber dejado intactos casi el aparato económico y legal implantado en Chile por los militares sino, lo que es peor, por haber impuesto una Weltanschauung mediante la cual, siguiendo a García Canclini, a los ciudadanos no les queda otra alternativa sino convertirse en consumidores.[93]  En un instante en la historia nacional en el cual numerosas organizaciones internacionales no se cansan de presentar a Chile como el país más seguro, el más apto para hacer negocios y el menos corrupto de América Latina, Lemebel no desiste de sus esfuerzos por representar espacios urbanos deshumanizados y marginados que, o han sido víctimas de la lógica del mercado, o simplemente se resisten a aceptarla.  En contraposición a Fuguet, la mayor parte de la producción de Lemebel son crónicas urbanas.[94]  En este estudio analizo De perlas y cicatrices (1997) y Zanjón de la Aguada (2003).  No examino La esquina es mi corazón: crónica urbana (1995) o Loco afán.  Crónicas de sidario (1996) porque estas obras han recibido más atención crítica que aquéllas.[95]

            En el contexto de “lo global” y “lo local” en su relación con la metrópolis latinoamericana contemporánea, Lemebel se sitúa en las antípodas de Fuguet, pues él concibe lo propio no como lo ajeno o “lo norteamericano” sino como lo porfiadamente “chileno” en un momento histórico en el que esta noción pareciera estarse desvaneciendo.  En una entrevista reciente, en efecto, Lemebel coloca a Fuguet, quien a su juicio se adscribe a un “modelo norteamericano,”  primero en la lista de los novelistas chilenos que él llama “narradores neoliberales.”[96]  Lo mismo que en sus dos primeras colecciones de crónicas, en De perlas y cicatrices  el espacio en el que el  flaneur  se mueve está localizado predominantemente en de Plaza Italia para abajo.  Entre los múltiples lugares a los que se refiere, están los siguientes: Maipú, Matucana, Estación Central, San Camilo, Lira y El Paseo Ahumada.  Irónicamente quizá, en la crónica “Nevada de plumas sobre un tigre en invierno” el cronista afirma claramente que sólo la gente con dinero, los que viven más cerca de la Cordillera de los Andes en el barrio alto, están en condiciones de ver la nieve.  Como vimos anteriormente, este es el territorio de la mayor parte de los personajes de Fuguet.  La relevancia de esta crónica reside en el hecho que, al igual que Fuguet (aunque a la inversa), Lemebel anhela subrayar la geografía dual de Santiago; o, como se hace más y más evidente en las metrópolis latinoamericanas, contar la historia de dos ciudades, dos ciudades dentro del mismo paisaje urbano, la “ciudad ideal” de Ángel Rama por un lado, y la “ciudad sumergida” de Alberto Flores Galindo (o la “ciudad real” de Rama) por el otro[97]: “Por suerte la nieve es del Barrio Alto y que siga nevando allá que tienen techos firmes.  Porque aquí ya es mucho soportar los aguaceros, las alcantarillas tapadas y los mojones chapoteando en el chocolate de la inundación.  Ya es mucho barro y la lluvia deja de ser poética, cuando se desborda el canal y arrastra los cuatro palos de la rancha…”[98]  En su aproximación a “Las floristas de La Pérgola,” la última crónica de la colección, Luis E. Cárcamo-Huechante escribe que en esta crónica Lemebel “interrumpe la universalidad del Mercado.”[99]  La producción literaria total de Lemebel, efectivamente, podría concebirse como una perenne aventura de parte del cronista con la finalidad de desmitificar el mercado, mostrando sus tangibles defectos, como se ve en “Nevada de plumas…” y otras crónicas, y construyendo una especie de poética del sujeto subalterno que lo resiste.

            Hay dos crónicas en De perlas y cicatrices que delinean gráficamente la naturaleza esquizofrénica de lo que Lemebel denomina “la ciudad hipócrita”[100]: “Flores plebeyas (o ‘el entierrado verdor del jardín proleta’)” y “La comuna de Lavín (o ‘el pueblecito se llamaba Las Condes’).”  Si empleamos la terminología que Lucía Guerra Cunningham obtiene de otra crónica de Lemebel, podría argumentarse que la primera crónica constituye un cuadro parcial de la “ciudad anal” mientras que la segunda retrata la “ciudad neoliberal” en su pleno apogeo.[101]  Para Guerra Cunningham la “ciudad anal” es la ciudad que vive en los márgenes y en los límites de la “ciudad neoliberal,” de modo críptico pero no menos optimista.  Otro crítico puntualiza que los textos de Lemebel en general “hilan una etnografía poética del margen chileno en la ciudad.”[102]  De manera interesante, el punto de comparación aquí no son los hábitos de consumo o la diferencia entre la “nación-mercado[103] de Lemebel versus el centro comercial como la “máquina de la amnesia” condenado por Sarlo sino la naturaleza misma.  Pues inclusive la naturaleza, la falta o la abundancia de agua en este caso, tiene efectos distintos dependiendo de qué sección de la urbe uno habita.  El “paisaje desolado” y los “tierrales desérticos” de “Flores plebeyas”[104] se contraponen directamente a los “jardincitos recortados” y el “vergel clasista” de “La comuna de Lavín.”[105]  Pero si en esta última crónica la voz cronística ironiza constantemente, en aquélla existe un respeto, una alabanza incluso no solamente de un mundo verde que lucha por su sobrevivencia a cada instante sino también de “mujeres sencillas que insisten con transplantar el aromo para que la pelota de la pichanga callejera no lo destruya.”[106]  La sumamente precaria condición de la naturaleza en este “eriazo polvoriento”[107] en lugares tales como “Carrascal,” “Pudahuel” o “La Victoria,” algunos de los barrios más pobres de Santiago, corresponde símbolicamente a la lucha diaria por la existencia de los habitantes de la “ciudad furtiva”[108] del cronista: “Solamente resisten esta fobia a lo natural, algunas plantas espinudas que se agarran de las piedras salvajes y hostiles, extrayendo la gota húmeda de alguna cañería rota, o del canal hediondo que pasa cerca.”[109]  Hacia el final de “Flores plebeyas,” la “ciudad neoliberal” queda reducida metonímicamente a “un prado de hojas plásticas y ramas sintéticas,”[110] poniendo énfasis en su naturaleza artificial por un lado, y estableciendo una conexión indirecta entre “hojas plásticas” y las tarjetas de crédito – el instrumento mismo del consumo – por el otro.  Las dos inconfundibles caras de la ciudad en América Latina, el “paisaje callampa” y “el barrio alto,”[111] los hábitos colectivos de los barrios pauperizados versus los comportamientos competitivos de los barrios más pudientes, se retratan magníficamente en el último párrafo de esta crónica, el cual vale la pena citar en su totalidad:  

Pero este cuidado invernadero que divide la ciudad en metros de pasto recortado y callejones de tierra seca, pareciera un prado de hojas plásticas y ramas sintéticas, demasiado cuidado, demasiado fumigado por la mano burguesa que encarcela y educa sus bellas flores tristes.  Flores que nacieron para competir con la azalea del jardín vecino.  Flores obligadas a ser bellas y orgullo del palacete donde crecen y se multiplican con el permiso del jardinero.  En cambio, las otras, las que porque sí en el piedral inhóspito de la pobla, plantuchas que parecen reptiles agarradas al polvo, ramas que trepan por los andamios de la pobreza, para producir el milagro que acuarela de color el horizonte blanco y negro del margen, con sus porfiadas flores de fango.[112]

La crónica “La comuna de Lavín” se encuentra inmediatamente después de “Flores plebeyas” pese a que es la primera de la siguiente sección del texto (“Relamido frenesí”).  Si “Flores plebeyas” constituye una suerte de homenaje a la “ciudad callampa,” “La comuna de Lavín” viene a ser una denuncia del desmedido orgullo de la “ciudad neoliberal.”  La naturaleza, aquí, no sobrevive debido a los infatigables esfuerzos de las mujeres sino al abundante capital que no tiene la “ciudad callampa.” Específicamente hablando, Lemebel cuenta la historia de cuando Lavín, alcalde de las Condes en aquel tiempo, hizo que lloviera durante un período de severa sequía en la ciudad: “Todo se puede comprar con plata, hasta una simple lluvia … Comuníqueme rápido con mis amigos de la Fuerza Aérea para pedirles que nos bombardeen el cielo con lluvia deshidratada.”[113] Para cualquiera que conozca mínimamente la reciente historia chilena, por supuesto, no pasa desapercibido el hecho de que fue justamente la “Fuerza Aérea” la que el 11 de septiembre de 1973 bombardeó La Moneda, inagurando así una dictadura de diecisiete años.  Tampoco pasa desapercibido no solamente el hecho de que Lavín – quien “lleva el pandero en la organización feudal del condominio chileno”[114] – pertenece a uno de los partidos políticos más social y económicamente conservadores en Chile sino que él mismo fue uno de los pilares del equipo económico de Pinochet.  Tal vez debido a que en cierta medida él representa la esencia misma de la “ciudad neoliberal,” el cronista lo describe en los términos más sárcasticos posibles: “derechista con sonrisa eucarística que hizo la primera comunión en el Opus Dei … alcalde con cara de hostia, el colmo de santurrón, … su optimismo de boy scout de plaza.”[115] Físicamente, Lemebel marca una clara diferencia entre la ciudad de Lavín – “merengue enrejado … idilio de comuna, donde todo el mundo es feliz”[116] – y lo que Bernardita Llanos llama, muy apropiadamente,  la “ciudad-basura,” típica del “erial” en las crónicas del autor.[117]  “[L]a cancha de fútbol, … el jardín popular, … las barandas de los bloques tiritones, … los tierrales desérticos que rodean Santiago”[118] de la crónica “Flores plebeyas,” espacio donde abunda el desempleo, la crimininalidad, el alto consumo de drogas, etc., se contrasta con el mundo supuestamente perfecto de Las Condes: “El emperifollado Barrio Alto, sembrado de torres y experimentos arquitectónicos, edificios cuadrados y piramidales, como maquetas de espejos para saciar la imagen narcisa y garantizada del Chile actual.”[119] En el Weltanschauung  de Chile que presenta Lemebel, entonces, existe una insalvable fisura entre estas dos ciudades dentro de la misma ciudad.  En cualquier caso, como afirma Héctor Dominguez, el cronista rehúsa llegar a un acuerdo con esta “amnesia terapéutica por el bien del mercado,”[120] de ahí sus feroces ataques contra Lavín, el barrio alto y las políticas neoliberales al final de la crónica:

Así, la fruncida comuna de Las Condes es una reina rubia que mira por sobre el hombro a otras comunas piojosas de Santiago, la estirada y palo grueso comuna de Las Condes, prima hermana de Providencia y compañera de curso en las monjas con Vitacura y La Dehesa, marca un alto rating en el firulí del status urbano.  Es el ejemplo de un sistema económico que se pasa por el ano la justicia social, es la evidencia vergonzosa de un nuevo feudalismo de castillos, condominios y poblaciones humildes que hierven de faltas y miserias, de habitantes tristes y habitantes frívolos y cómodos que lucen el esplendor de sus perlas cultivadas por el exceso neoliberal.[121]

 En  Zanjón de la Aguada (2003), su cuarta colección de crónicas urbanas, Lemebel nos entrega su más completo retrato de los barrios situados de Plaza Italia para abajo.  El título de este grupo de crónicas urbanas, en efecto, hace referencia al lugar mismo donde nació el autor, “el Zanjón de la Aguada,” uno de los sitios más pobres de Santiago.  En su conjunto, el texto abunda en expresiones diametralmente opuestas a la imagen de Chile y Santiago que promueve el discurso oficial: “los viaductos de la urbe controlada,” “la selva urbana,” los “barrios bajos,” “este hoyo asfixiante que es Santiago,” “esta urbe infame,” “esos hospitales de la caridad pública,” “este Santiago fome, gris y apunado por las deudas,” etc.[122]  Pero si esta lista de frases patentemente negativas resume los sentimientos del autor respecto de la ciudad, existe paralelamente otra lista que completa este cuadro: “víctimas del atropello neoliberal,”  “las casas de los ricos,” “la juventud elitista, conservadora e idiotizada por la navidad consumista de los malls, shoping y centros comerciales del Miami chileno,” el “estatus neoliberal de la democracia,” además de otras expresiones.[123]  A Pedro Lemebel, literalmente un sagaz flâneur contemporáneo de la metrópolis cuya penetrante mirada panóptica se detiene en las arterias más minúsculas del Chile menos exitoso en lo económico, no se le escapa ningún barrio pobre, ningún vecindario popular: “Gran Avenida,” “Las Rejas,” “El barrio Brasil,” “El barrio Dieciocho,” “El Mercado Persa,” “La Estación Central,” “Franklin,” “La Vega,” “La Plaza de Armas,” “Arturo Prat,” “San Diego,” etc. En estas odas a los parias e inadaptados del paisaje urbano latinoamericano, Lemebel saca del olvido a andrajosos niños de la calle, prostitutas, fanáticos del fútbol sin empleo, gays, travestis, mujeres que lucharon incansablemente contra la represión militar durante la dictadura, amén de otros grupos marginados.  De las cincuenta crónicas que forman parte del libro, hay dos que manifiestan de modo incontestable y coherente el repudio total del nuevo Chile de parte del cronista: “Socorro, me perdí en un mall (O, ¿tiene parche curita?)” y “Sanhattan (O el vértigo arribista de soñarse en Nueva York).”[124] En la primera, el autor visita un mall – a los que llama “aeropuertos del consumismo”[125] – con el fin de comprar un parche curita.  Desde el instante mismo en que llega, lo vigila un grupo de guardias de seguridad racistas que captan a primera vista que él no pertenece en ese lugar.  No pudiendo encontrar ni siquiera un parche curita en un sitio lleno de todo tipo de productos, abandona lo que denomina “ese laberinto de ilusiones”[126] con la impresión de haber estado simultáneamente en Miami, Hollywood, Disneyworld, Manhattan y Tokio.  En la segunda crónica, describe de manera desaprobatoria una cierta área del barrio alto cuyos habitantes nunca tienen que incursionar en el territorio ubicado  de Plaza Italia para abajo porque poseen sus propios cines, gimnasios, centros comerciales y universidades.  Aquello que Lembel reprocha, en última instancia, es el hecho de que “esta nueva capital de cartón”[127] no es más que un modelo pobre del verdadero Manhattan infestado de gente arrogante que excluye a todos aquellos que no son como ellos.

IX.       Conclusión inconclusa:

Al final, sin embargo, nuestra discusión de las obras de Fuguet y Lemebel, así como nuestro escrutinio de las ideas de García Canclini, Sarlo y Ortiz relacionadas al debate en torno a lo propio/lo ajeno, no hacen sino comprobar la absoluta imposibilidad de llegar a una conclusión definitiva en lo tocante al impacto que ha tenido la globalización en América Latina en general y en la ciudad latinoamericana en particular.  Cincuenta y cinco años más tarde, la paradoja de Ricoeur sigue estando vigente en la mayoría de los países del mundo y especialmente en Latino América.  El fenómeno de la globalización, pese a los numerosos asedios críticos que ha recibido en los últimos veinte años, continúa presentándose a sí mismo como una criatura inescrutable e insondable.  Para escapar de esta camisa de fuerza, ¿no habrá llegado la hora de hablar de “globalizaciones,” en plural, de la misma forma que hablamos de “modernidades”?  Si tomamos a Chile como ejemplo, posiblemente podríamos afirmar que es más “globalizado” que Haití.  ¿Pero es acaso más “globalizado” que Brasil o Argentina?  Si pensamos nuevamente en las representaciones de Chile y Santiago presentes en los textos de Fuguet y Lemebel, llegaremos a la conclusión que aquél enfatiza lo global mientras que éste subraya lo local.  Empero, como García Canclini y Ortiz señalan, ya no resulta factible localizar la frontera que separa lo global de lo local ni lo nacional de lo transnacional.  Análogamente, el barrio alto, ¿está en condiciones de encarnar realmente lo global en vista de que representa un sector tan minúsculo de la población chilena?  Y, de igual forma, ¿puede el margen simbolizar lo local cuando, a fin de cuentas, acapara un porcentaje tan elevado de la población del país?  Estoy de acuerdo con Ortiz de que hemos alcanzado un estado de “sociedades globalizadas” y “culturas mundializadas.” Lo global ha llegado para quedarse, lo concibamos como lo concibamos.  Pero ni la ciudad de Fuguet ni la urbe de Lemebel simboliza certeramente el paisaje urbano latinoamericano de hoy.  Desde esta óptica, ni “grobalización” ni “glocalización” serían conceptos oportunos para comprender qué es lo que está sucediendo verdaderamente en estos instantes en la metrópolis latinoamericana.  Más aún, quizá haya llegado el momento de definir más adecuadamente “lo local” en vez de pasar tanto tiempo tratando de entender “lo global” (recuérdese, a este respecto, el rechazo holandés a la Constitución europea hace algunos años, la elección de Evo Morales en Bolivia en 2005, y el viraje hacia la izquierda en general en varios países latinoamericanos, entre otros ejemplos).  Esto no quiere decir que deberíamos abandonar nuestros intentos de entender los múltiples aspectos de la globalización, en particular aquéllos que tienen que ver con su impacto económico en los países de América Latina.  Efectivamente, es aquí, en la esfera económica de la globalización -- en las órdenes del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio, las numerosas multinacionales que a menudo se benefician a sí mismas y a unos pocos ciudadanos nacionales y a gobiernos que no ofrecen las más mínimas protecciones a las industrias nacionales – donde se halla el verdadero peligro.  Por eso es que tanto los países en desarrollo como las naciones pobres deben estar siempre atentos, en especial respecto de los países desarrollados.  El mes de enero de 2006, en el Foro Económico de Davos, Renato Ruggiero, el primer director general de la Organización Mundial del Comercio, declaró: “’Ya no estamos escribiendo las reglas de la interacción entre economías nacionales separadas.  Estamos escribiendo la constitución de una sola economía global.’”[128]  Aquellos que siguen imaginando la globalización como el intercambio justo de bienes y servicios y no como una nueva versión de colonización y explotación, ¡presten atención a estas palabras![129]

  

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[1] En inglés, las dos primeras letras de estas palabras están escritas en itálicas.

[2] Noor, Farish A.  2002, pág. 10.  He sacado esta cita del ensayo de Noor titulado “Sultan Iskandar Dzulkarnain’s Mega-Projek,” págs. 9-14.  Todas las traducciones en este ensayo son mías.  En ciertos casos, sin embargo, dejo algunas expresiones en el inglés original, generalmente cuando simplemente no existe su equivalente en castellano.  Tampoco traduzco al español las citas en francés.

[3] En un estudio sobre la salud económica de Chile publicado en 2005, un instituto alemán brindaba el siguiente pronóstico: “Los positivos pronósticos de Chile reflejan la sólida situación económica del país, con exportaciones crecientes, fuertes gastos de capital, consumo privado y un número de inversiones extranjeras en aumento.” Véase “Estudio alemán.”

[4] Incluso hoy, en tiempos (2008-¿?) de la peor crisis económica desde la Depresión (1929), se dice que, de todos los países del continente, Chile es el que está mejor preparado para afrontarla.  Es más, en su reciente encuentro con Michelle Bachelet el 23 de junio de 2009, el presidente Barak Obama felicitó al gobierno chileno por estar mejor preparado que Estados Unidos para enfrentar la crisis.

[5] Quienes regresamos a Chile todos los años, en cualquier caso, escuchamos numerosísimas quejas respecto no sólo de los caminos privados dentro de la ciudad de Santiago sino también respecto de la gran cantidad de elevados peajes que tienen que pagar aquéllos que viajan de una ciudad a otra.  Lo que la gente se pregunta es cómo, durante gobiernos de izquierda, se cuidan y mantienen en perfecto estado calles y rutas pagadas y se descuidan las calles y rutas no pagadas.  La crítica más acerva, de todos modos, va dirigida al famoso Tran-Santiago, una total reestructuración del sistema de transporte que se fraguó durante el gobierno de Ricardo Lagos y se consolidó – o, más bien, sigue tratando de consolidarse – bajo la actual presidencia de Michelle Bachelet.

[6]Mallificación del comercio.” Esta expresión la tomo prestada del artículo de Richard Young, “Buenos Aires and the Narration of Urban Spaces and Practices.”

[7] Para una balanceada y bien informada visión de los múltiples factores políticos, económicos y sociales que habían contribuido a la situación de Chile hasta 2005, así como los desafíos que le esperaban al país en el futuro y el remedio para superarlos, consúltese el libro de Eugenio Tironi.

[8] Aquí me refiero al hecho de que ni el tema de los detenido-desaparecidos ni el asunto de la privatización de las industrias públicas durante el régimen de Pinochet, han sido completamente esclarecidos.  En lo tocante a esto último, véase el detallado análisis de María Olivia Mönckeberg  El saqueo de los grupos económicos al Estado chileno (2001).

[9] Tomo esta expresión del título del famoso ensayo del boliviano Alcides Arguedas, Pueblo enfermo (1909).

[10] Desde la publicación de este artículo en inglés en 2005, las dos primeras revistas dejaron de existir.

[11] Únicamente en quince otras naciones – de un total de 127 – es el ingreso más desigualmente distribuido que en Chile, según un estudio reciente del Banco Mundial.  Léase Varas C.

[12] Tanto “grobalization” como “glocalization” vienen del estudio de George Ritzer sobre la globalización.

[13] Algunos autores, tales como, por ejemplo, Ricardo Salvatore en su artículo “Re-pensar el imperialismo en la era de la globalización,” prefieren los términos “autóctono/extranjero” (15).  Personalmente, he optado por la dicotomía “propio/ajeno” porque pienso que resultan más apropiados a la hora de examinar fenómenos culturales en el contexto de la globalización.

[14] Ricoeur, Paul, pág. 286.

[15] Ricoeur, págs. 287, 288 y 289.

[16] Ricoeur, pág. 289.

[17] Ricoeur, pág. 293.

[18] No estoy totalmente seguro si acaso en la era de la pospolítica y el posnacionalismo el tema de la identidad sigue constituyendo la preocupación central en otras áreas de la cultura aparte de la literatura.  En la arquitectura, verbigracia, podría llegarse a una conclusión negativa, especialmente si se presta atención a la creciente presencia de los llamados “arquitectos estrellas” y a la “arquitectura-ícono” en distintas partes del planeta. Tanto los “arquitectos-estrella” como la “arquitectura-ícono” están directamente relacionados con lo que ha dado en llamarse el “efecto Guggenheim-Bilbao.”  El Museo Guggenheim de Bilbao fue diseñado por el renombrado arquitecto Frank Gehry.  Por extensión, “efecto Guggenheim-Bilbao” dice relación con la construcción de un edificio, diseñado por un “arquitecto-estrella,” que pone en el mapa una determinada ciudad que antes pasaba desapercibida.  En América Latina en concreto, son numerosos los proyectos diseñados por los “arquitectos-estrellas” en años recientes.  Estos proyectos incluyen diseños de tres ganadores del Premio Pritzer (que equivale al Nobel de literatura): Hans Hollein en Lima, Zaha Hadid en México y Frank Gehry en Panamá, a lo que se suma el proyecto para el primer Guggenheim al sur del Ecuador: el Guggenheim-Río, por Jean Nouvel.  Para una visión más completa tanto de los “arquitectos-estrella” como de la “arquitectura ícono,” consúltense los artículos de Patricia Morgado y Leslie Sklair.         

[19] Ortiz, Renato, Otro territorio, pág. 80.

[20] ¿”Lo propio” de cientos de etnias originarias que habitan el continente, especialmente en México, Guatemala, Perú, Bolivia y Ecuador, quienes cuentan con capital simbólico en museos y sitios turísticos pero quienes carecen de capital económico y político?; ¿“lo propio” de los más necesitados, la mayor parte de los cuales está demasiado ocupada ganándose el pan de cada día?; ¿”lo propio” de la clase media, cuyo estándar de vida se hace cada vez más precario en tiempos de la inseguridad laboral producida por el libre mercado?; ¿”lo propio” de quienes tienen acceso al Internet, la televisión por cable, los DVD’s, los cafés en Starbucks, los viajes al extranjero y quienes están en condiciones de educar a sus niños en colegios privados?; ¿o “lo propio” de los que José Martí denominaba “criollos exóticos,” es decir, aquellos ubicuos seres en el escenario latinoamericano quienes, desde la misma formación de los estados nacionales en América Latina, han tratado, por todos los medios posibles, de modelar sus países a la imagen de Europa y Estados Unidos? 

[21] A decir verdad, “lo ajeno” ha estado siempre presente en América Latina.  Antes de la consolidación de las hegemonías azteca, maya e inca, existieron una serie de grupos étnicos que, en algún momento de su desarrollo, fueron “ajenos” unos a otros.  Más tarde hicieron su aparición españoles, esclavos africanos de etnias diversas, alemanes, italianos, chinos y demás grupos. 

[22] En este contexto, véase especialmente su citadísimo estudio Culturas híbridas y su más reciente ensayo, “Políticas culturales: de las identidades nacionales al espacio latinoamericano.”

[23] Gran parte de mi discusión sobre las ideas de García Canclini tocantes a la globalización en este párrafo, se basa en su estudio específico sobre el tema, La globalización imaginada.  El capítulo siete de este estudio, “Cultura y política en los imaginarios de la globalización,” es particularmente relevante para la discusión presente.

[24] García Canclini, Néstor, La globalización imaginada, pág. 30.

[25] García Canclini, Néstor, La globalización imaginada, pág. 166.

[26] García Canclini, Néstor, “Cultural Studies,” pág. 13.

[27] García Canclini, Néstor, “Cultural Studies,” pág. 18.

[28] Sarlo, Beatriz, Escenas de la vida posmoderna, pág. 17.  La cita completa se lee así: “La ciudad no existe para el shopping, que ha sido construido para reemplazar a la ciudad” (17).

[29] Ortiz, Renato, “Diversidad cultural y cosmopolitismo,” págs. 37 y 50, respectivamente.

[30] Ortiz, Renato, “Globalización y esfera pública,” págs. 31 y 35, respectivamente.

[31] Ortiz, Renato, “Globalización y esfera pública,” págs. 40-41.

[32] Ortiz, Renato, Otro territorio, pág. 19.

[33] Ortiz, Renato, Otro territorio, pág. 59.

[34] Ortiz, Renato, Otro territorio, pág. 86.

[35] Ortiz, Renato, “From Incomplete Modernity to World Modernity,” pág. 254.

[36] Rama, Ángel, pág. 15.

[37] Al respecto, consúltense los estudios de Carlos J. Alonso y especialmente el de Bradford E. Burns.

[38] Czarniawska, Barbara, pág. 2.

[39] Liernur, Jorge, pág. 277.

[40] Véase su Exporting American Architecture, 1870-2000.

[41] El caso de Villa Frei, en Santiago, es paradigmático.

[42]Gath and Chaves,” por ejemplo.

[43] Su estudio, Labradores, peones y proletarios (1985, 1989) provee una excelente y detallada descripción de este proceso.

[44] A Palacios, médico de profesión, se le conoce fundamentalmente por su libro Raza chilena (1904).  Entre los intelectuales que condenaron también tajantemente los problemas sociales de la época en Chile, se encuentran Alejandro Venegas (1871-1922), alias el “Dr. J. Valdés Canje” (en su Sinceridad: Chile íntimo en 1910), y Luis Emilio Recabarren (1876-1924), fundador del Partido Comunista.

[45] El binario “roto/pituco,” cuyo paradigma actual sería “lo propio/lo ajeno,” seguirá jugando un significativo rol en Siglo XX, pero bajo otros nombres: “’developmentalism’/’la vía chilena,’” “la pérgola/el supermercado,” “los muchachos bien/los upelientos.” 

[46] Como se sabe, estos “coventillos” se transformarán posteriormente en las llamadas “poblaciones callampas,” expresión que muy convenientemente refleja la celeridad con la cual empezaron a propagarse por toda la ciudad.

[47] En la confección de este párrafo ha sido tremendamente útil el estudio de Sofía Correa y otros autores, Historia del siglo XX chileno (2001).

[48] Duany, Andrés, págs. 82-83.

[49] Gilbert, Alan, págs. 29-30.

[50] Duany, Andrés, pág. 87.

[51] Franco, Jean, The Decline and Fall of the Lettered City,  pág. 191.

[52] En Moraña, Mabel, “Introducción,” pág. 10.

[53] En Moraña, Mabel, “Introducción” y Sarlo, Beatriz, “Violencia en las ciudades.  Una reflexión sobre el caso argentino.”

[54] En su ensayo “Droga y violencia: fantasmas de la nueva metrópolis latinoamericana.”

[55] Martín-Barbero, Jesús, pág. 22.  Bastardillas en el original.

[56] En español no existe, que yo sepa, una buena traducción de este término.  “Gated-community” -- ¿urbanización cerrada? -- se refiere a un barrio amurallado y protegido al que sólo tienen acceso quienes habitan en él.  La entrada se encuentra vigilada por guardias de seguridad.  Muchas de estas “comunidades” privadas son incluso autosuficientes, pues tienen sus propias tiendas, correo, gimnasios, restaurantes, etc.  En el cine, algo parecido puede verse en la película “The Truman Show.”  Lars Lerup aborda el tema del “gated-community” en su estudio “La ciudad abierta.  Estrías y homogeneidades en la metrópolis suburbana.”

[57] Liernur, Jorge, págs. 302-03.

[58] Kotkin, Joel, “Will Great Cities Survive?”, pág. 18.

[59] Indudablemente es imposible dar aquí un resumen completo de la literatura que se está produciendo en estos momentos en América Latina.  Baste mencionar, sin embargo, que entre los textos que se están publicando se dan algunas de las siguientes tendencias: la novela negra; el increíble aumento de obras escritas por mujeres y la elaboración de temas de género correspondiente; literatura homosexual y textos revisionistas que buscan poner en tela de juicio la representación tradicional de la historia.  Influenciados cada vez más por la ubicua presencia de la industria cultural y los medios de comunicación masivos en general, con frecuencia estos escritores mezclan discursos provenientes de canciones populares, el cine, la internet y otros, disolviendo así la tradicional separación entre la cultura popular, la cultura de masas y la alta cultura.  Lo más interesante al respecto es que esto ocurre no sólo en un período en América Latina en que los libros están fuera del alcance de la mayoría debido a su alto costo sino en un instante en que ciertos críticos literarios y culturales han comenzado a cuestionar la perdurabilidad de la literatura en la era de la supremacía de la imagen.  Sobre este fenómeno, véanse los estudios de Masiello, Kosak Rovero, Olalquiaga y Freire Filho.

[60] Además de las obras de Fuguet y Lemebel que se analizan en este artículo, léanse también las novelas de los colombianos Andrés Caicedo (¡Que viva la música! y Calicalabozo, respectivamente) y Mario Mendoza (Scorpio city), así como la colección de cuentos del peruano Daniel Alarcón, War by Candlelight: Stories, donde la ciudad de Lima juega un papel central.  Una visión crítica reciente de la representación de la ciudad en la novela urbana del Caribe puede encontrarse en el ensayo de Bruni.  Otra puede hallarse en el estudio de Ortega, quien se encarga específicamente de la representación de Quito en la novela.  Almandoz, por su parte, efectúa un asedio histórico de la representación de la ciudad en varias novelas latinoamericanas.

[61] A lo largo de su análisis, Tomlinson consigna en bastardillas esta expresión  clave para su entendimiento de la globalización.

[62] Czarniawska, Barbara, pág. 7.

[63] Pemberton, Jo-Anne, Global Metaphors: Modernity and the Quest for One World.

[64] Veseth, Michael, págs. 22 y 62, respectivamente.

[65] García Canclini, Néstor, La globalización imaginada, pág. 13.

[66] En conjunto, no obstante, el cuadro del espacio de Santiago es mucho más complejo, ya que en el corazón mismo del barrio alto existen grupos aislados de gente pobre para quienes se hace cada vez más difícil sobrevivir pero quienes siempre han vivido ahí; así también, el número de viviendas para la clase media localizadas cerca de la cordillera sigue aumentando.  De igual modo, en los últimos años el gobierno ha puesto en práctica un plan para recuperar el casco viejo.  Y, finalmente, el hecho de que muchas familias adineradas que en el pasado vivían en el barrio alto, han comenzado últimamente a construir sus casas en las afueras de Santiago sobre terrenos que hasta hace no mucho eran áreas cultivables.

[67] Geográficamente, el adjetivo “alto” alude al hecho de que este sector se encuentra ubicado al oriente del centro, es decir, más cerca de la Cordillera de los Andes que de la Cordillera de la Costa.

[68] Hijo de padres chilenos (que no se fueron de Chile como exiliados en 1973, valga aclarar), Fuguet se crió en Estados Unidos y se mudó a Chile a mediados de los años setenta.  Después de haberse recibido de periodista en la Universidad de Chile, trabajó para la radio y la televisión como crítico de música y cine.  Sin lugar a dudas, es uno de los personajes más visibles en los medios de comunicación chilenos, apareciendo frecuentemente en los periódicos, ferias del libro y la Internet.  Entre sus obras se encuentran Sobredosis (1989), una colección de cuentos, Por favor, rebobinar (1994), una novela, Cuentos con walkman (1993) y McOndo (1996), dos antologías de cuentos (la última con Sergio Gómez), y Las películas de mi vida (2003), novela publicada simultáneamente en español y en inglés, un fenómeno nuevo aunque no muy difundido en las letras latinoamericanas (Vivir para contarla, el primer volumen de memorias de García Márquez, también apareció simultáneamente en ambas lenguas, por cierto).  A fines del 2004, Fuguet publicó una nueva colección de cuentos llamada Cortos y también dirigió su primera película. 

[69] Palaversich, Diana, pág. 60.

[70] Para una aproximación relativamente reciente a la llamada “nueva narrativa chilena” además de los ya conocidos textos de Rodrigo Cánovas y Verónica Cortínez, consúltese el ensayo de Patricia Espinosa y Antonio Coloma, “Nueva Narrativa chilena.  ¿Y ahora qué?”

[71] Sarlo, Beatriz, “Cultural Studies,” pág. 31.

[72] Más recientemente, en su novela Barrio alto, Hernán Rodríguez Matte trata de describir el mundo de los adinerados; pero en contraste con Mala onda su texto no ha tenido la misma resonancia que aquélla.

[73] En su novela Las películas de mi vida, indudablemente la más autobiográfica de sus novelas hasta el momento, Beltrán, el protagonista-narrador, reconstruye su existencia a través del recuerdo de las películas que más impacto han tenido en su vida.

[74] Fuguet, Alberto, Sobredosis, págs. 13 y 18, respectivamente.

[75] Fuguet, Alberto, Sobredosis, págs. 25 y 41, respectivamente.

[76] Este es el primer mall que se edifica en Santiago (en 1982).

[77] Fuguet, Alberto, Sobredosis, págs. 15-16.

[78] Fuguet, Alberto, Mala onda, págs. 106-7.

[79] Fuguet, Alberto, Mala onda, pág. 37.

[80] Véase su clásico estudio  La distinction.  Critique social du jugement.

[81] Fuguet, Alberto, Mala onda, pág. 280.

[82] Fuguet, Alberto, Mala onda, pág. 282.

[83] Fuguet, Alberto, Mala onda, pág. 297.

[84] Fuguet, Alberto, Mala onda, pág. 297.

[85] O’Connell, Patrick, pág. 33.

[86] Por favor, rebobinar, pág. 295.

[87] Por favor, rebobinar, pág. 14.

[88] Paz-Soldán, Edmundo, pág. 45.

[89] Fuguet, Alberto, Por favor, rebobinar, págs. 60 y 126, respectivamente.

[90] Fuguet, Alberto, Por favor, rebobinar, pág. 130.

[91] Fuguet, Alberto, Por favor, rebobinar, pág. 167.

[92] Lemebel empezó su carrera en los años ochenta.  Durante esta época, formaba parte de un grupo denominado “Las yeguas del Apocalipsis” que hacía fotografía, videos, instalaciones y performances.  Actualmente, continúa trabajando en la radio, donde lee textos que posteriormente pasan a formar parte de sus crónicas urbanas y también escribe crónicas específicamente para la prensa.  Además de su colección de cuentos Incontables (1986), ha publicado las siguientes colecciones de crónicas urbanas: La esquina es mi corazón: crónica urbana (1995), Loco afán.  Crónicas de sidario (1996),  De perlas y cicatrices (1997), Zanjón de la Aguada (2004), Adiós mariquita linda (2005) y Serenata cafiola (2008).

[93] Estúdiese su análisis  Consumidores y ciudadanos.

[94] Aunque en 2001 publicó una novela excelente -- Tengo miedo torero – que trata de una historia de amor entre un travesti y un miembro del “Frente Patriótico Manuel Rodríguez,” grupo izquierdista que intentó asesinar a Pinochet en 1986.  En el texto, la Loca del Frente, el protagonista travesti, vive en uno de los barrios pobres de Santiago.  Como se gana la vida cosiendo para familias acomodadas cercanas al régimen militar que habitan en el barrio alto, con frecuencia atraviesa la ciudad en largos recorridos en bus, inscribiendo así todos los cambios físicos y sociales entre este sector y aquellos que se sitúan de Plaza Italia para abajo. 

[95] Para una visión general de la obra de Lemebel y la relación que existe entre el género testimonial y su concepto de crónica urbana, véase mi artículo, “Paseo crítico por una crónica testimonial: De La esquina es mi corazón a Adiós mariquita linda de Pedro Lemebel.” Dos excelentes aproximaciones críticas a La esquina es mi corazón  son las de Guerra Cunningham y Poblete.  El estudio crítico sobre la obra de Lemebel, Reinas de otro cielo.  Modernidad y autoritarismo en la obra de Pedro Lemebel, editada por Fernando A. Blanco, contiene cuatro concienzudos análisis sobre sus crónicas y  performances desde el ángulo de las teorías de la comunicación y las teorías de género.

[96] Lemebel, Pedro, “La figura,” págs. 26-27.

[97] En su introducción a Más allá de la ciudad letrada.  Crónicas y espacios urbanos (2003), Silva Spitta, fuera de brindar una magnífica visión general de la ciudad en América Latina, rescata del olvido el fascinante estudio de Alberto Flores Galindo, La ciudad sumergida: Aristocracia y plebe en Lima, 1760-1830, y establece asimismo un diálogo crítico con el canónico estudio de Rama, La ciudad letrada.  De acuerdo a Spitta, aun cuando el estudio de Rama es mucho más conocido que el de Flores Galindo, es el estudio de éste el que mejor se acomoda al estado “desordenado” de los espacios urbanos en América Latina hoy.

[98] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 194.  En su crónica “La inundación,” del mismo texto (págs. 140-41), Lemebel describe extensamente cómo las inundaciones provocadas por las fuertes lluvias que de vez en cuando azotan la ciudad de Santiago afectan a los sectores más desposeidos.

[99] Cárcamo-Huechante, Luis, pág. 106.

[100] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 137.

[101] Guerra Cunningham, Lucía, pág. 86.

[102] Blanco, Fernando, “Comunicación política y memoria en la escritura de Pedro Lemebel,” pág. 57.

[103] Cárcamo-Huechante, Luis, pág. 99.

[104] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 165.

[105] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 169.

[106] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 165.

[107] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 165.

[108] Franco, Jean, “Estudio preliminar,” pág. 14.

[109] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 165.

[110] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 166.

[111] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 166.

[112] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 166.

[113] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 170.

[114] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 169.

[115] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 169.

[116] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 169.

[117] Llanos, Bernardita, pág. 92.

[118] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 165.

[119] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 169.

[120] Dominguez, Héctor, pág. 123.

[121] Lemebel, Pedro, De perlas y cicatrices, pág. 170.

[122] Lemebel, Pedro, El Zanjón de la Aguada, págs. 43, 49, 53, 80, 89, 104 y 213.

[123] Lemebel, Pedro, El Zanjón de la Aguada, págs. 66, 68, 70 y 76.

[124] Lemebel, Pedro, El Zanjón de la Aguada, pags. 209-12 y 216-19, respectivamente.

[125] Lemebel, Pedro, El Zanjón de la Aguada, pág. 209.

[126] Lemebel, Pedro, El Zanjón de la Aguada, pág. 212.

[127] Lemebel, Pedro, El Zanjón de la Aguada, pág. 217.

[128] Faux, Jeff, pág. 18.  Énfasis mío.

[129] En un artículo sobre la actual crisis económica que acaba de publicarse en The Nation,  el connotado economista Joseph Stiglitz escribe: “Ésta no es sólo la peor baja (“downturn”) económica global desde la Segunda Guerra Mundial; es la primera baja global seria en la era moderna de la globalización … La globalización … no funcionó como deb&iac